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HORACIO RENI, DE VENDEDOR DE PASTELES A BLUESMAN

Texto y fotos Arturo Olvera Hdez.

Horacio Reni tiene asegurado ya un lugar especial en la historia del blues mexicano como guitarrista y armonicista que extrae notas punzantes cuando toca alguno o ambos instrumentos. De los pocos que entona las letras de las rolas con una excelente dicción, fraseo y voz rasposa como de labriego algodonero.

El músico interrumpe una sesión de prueba en el Club Hobos de la Ciudad de México donde alterna con otros músicos. Reni se distingue porque no posee un grupo fijo de ejecutantes sino constantemente cambia de compañeros, aunque procura elegirlos de buen nivel.

No me atrevo a decir que es un virtuoso, pero sí un músico con toda la barba que disfruta y cultiva el blues, pues lo siente y lo transmite mientras lo interpreta, estas son algunas de las recompensas que da la práctica añeja y la pasión por el género.

Mi primer armónica
Horacio es nativo del barrio de Mixcoac, en el Distrito Federal, nació en 1942 y recuerda que su papá fue un incorregible jugador de baraja, además de escribir y pintar en acuarela, es decir un artista mundano como cualquier otro. “De repente tuvo su lana (dinero) y compró una casa en la colonia Florida, y vivimos dos o tres años ahí, pero también de un momento a otro perdió esa casa en una jugada y nos llevó a vivir al edificio Condesa, en la colonia del mismo nombre, y ahí viví mi infancia. Había una planta baja, con un balcón donde nos ponía mi mamá como changuitos y ahí estábamos pajareando (observando), había un parque y conocí mi primer romance como a los 12 años”.

Se sumerge en sus recuerdos y señala que como a los 16 años, unos amigos de sus hermanas, comentaron que en avenida Chapultepec había un tipo que vendía electrodomésticos y que también tenía buenos discos de blues, esa fue la primera vez que escuchó esta palabra, pues esos chavos traían discos de Estados Unidos. “Pero mi primer contacto con la armónica fue cuando le robé a uno de mis tíos que tenía unas ocho, me topé con ellas y me llevé una al cantón (casa), me iba a mi cama y ahí le estaba dando, aunque a la siguiente mañana amanecía con ampollas, pero me gustaba la armónica y salía a las calles a tocar, y así empecé tocando algunas rancheritas. Pero mi contacto con el blues fue hasta que conocí a Javier Bátiz en un café llamado el Harlem en Churubusco y avenida Coyoacán, cuando vendía pasteles que mi mamá hacía, pues papá ya había muerto. Me acerqué al lugar que era chico pero muy agradable, con muchas chavas y buena música, tocaban entre otros Bátiz y escuché rolas de Ray Charles, que era otro sonido aparte de lo que acostumbraba oír, y cuando escuché a Bátiz palpé otra dimensión.

“Seguí vendiendo mis pasteles y escuchando a Bátiz, quien se hizo mi cuate sin proponérmelo pues me lo encontraba en otros cafés donde vendía mis pasteles, llevaba mi lira y comencé a sacar sus rolas”.

¿Qué te impactó de Bátiz? “Todo, su voz, su modo de tocar la lira, era amable y alegré, siempre se portó acá conmigo, y un día me llamó y me dijo que el dueño le encargó me dijera si quería tocar con él, y le dije papas y me empezaron a enseñar algo de blues y acompañarlos, tocando rocanrolitos y hasta me pagaban unos 180 varos (pesos)”.

De Nueva York a Chicago
Reni dentro de sus correrías llegó a tocar en el bar de Buddy Guy en Chicago, antes había estado como ilegal en Nueva York buscando donde mostrarse como músico, cuenta que “en Nueva York no me fue muy bien y de ahí le llamé a Willie Dixon, le expliqué que andaba con broncas y me ofreció llegar a su cantón. Una vez en Chicago trabé amistad con Bombay Carter, quien iba a la casa de Sunnyland Slim, donde yo me estaba quedando, y me dijo que estaban poniendo una obra de teatro con música y andábamos de un lado a otro y llegamos al Theresa’s donde estaba Junior Wells, quien me recibió poca madre y me eché una paloma (jam) y me dijo, cantas como un negro. Nos tomamos unas chelitas (cervezas) y ahí llegó Carl Johns, dueño de una disquera y me comentó que tenía una canción que hablaba de México, porque había tenido una chava mexicana de la que estaba muy enamorado y me pidió que la cantáramos; él cantaría una parte en inglés, y yo otra parte en español, y la grabamos allá, la rolita (canción) se llamó Blues go to Mexico”.

El sexo y el blues
Para Horacio es esencial contar con vivencias amorosas y sexuales, para saber abordar el blues con auténtico sabor y pasión negroide. “Que una chava te lleve de la mano y te diga ¿jugamos a las canicas? Ya sabes… jajaja y no te queda otra más que ganarle”.

A la vez mencionó su respeto y admiración por Javier Bátiz, con quien tiene infinidad de anécdotas. “Me quedaba en su cantón con varios compas, fumábamos mota y nos poníamos hasta la madre, pero todo en buena onda, todo muy sano, con varios cuates de Tijuana, todos ellos muy interesantes”.

¿Qué le falta por hacer en estos terrenos del blues a Horacio? “El gusto por tocar el blues es inacabable, como ahora que escuchaste algo digno, porque anteriormente estaba un guitarrista que se salía de lo que yo quiero, en volumen y con sonidos muy raros y no lo disfruté tanto como ahora que me acompañó Isidoro de oro (Negrete), a quien me dio gusto ver”.

Es hora de la presentación de Horacio en el Club, la gente ya lo espera. Se despide y toma con delicadeza su guitarra y se ririge al estrado donde una vez más prodigará su blues.

http://www.myspace.com/horaciorenibluesband

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